domingo, 14 de octubre de 2012

¿Cuál es la palabra más larga en alemán? Bárbara Ruibarbo y su bar de bárbaros


O lo que es lo mismo, un trabalenguas alemán que demuestra lo larguísimas que pueden llegar a ser las palabras en esta lengua. Nuestro "deshollinador" y los "tres tristes tigres" tienen competencia...

Esta Barbarella de los años sesenta tiene poco en común con la Bárbara Ruibarbo del trabalenguas





Der Rhabarberbarbarabarbarenbärtebarbier

Ich habe von einer Frau gehört. Die hiess Barbara. Und war weit über die Grenzen ihres Dorfes für ihren Rhabarberkuchen bekannt. Deshalb wurde sie überall nur die Rhabarberbarbara genannt. Rhabarberbarbara verkaufte den Rhabarberkuchen in ihrer Rhabarberbarbarabar. Dort gingen drei Barbaren aus und ein. Die Rhabarberbarbarabarbarbaren hatten, wie sich das für Barbaren gehört, ellenlange dichte Bärte. Um ihre  Rhabarberbarbarabarbarbarenbärte stutzen zu lassen, gingen die Rhabarberbarbarabarbarbaren zum Barbier. Der Rhabarberbarbarabarbarbarenbärtebarbier möchte übrigens Barbaras Rhabarberkuchen auch ganz gerne. Weshalb sie sich immer mal wieder in den Barbarabar trafen, der Rhabarberbarbarabarbarbarenbärtebarbier und die Rhabarberbarbarabarbarbaren.



El barbero de la barba de los bárbaros del bar de Bárbara Ruibarbo

He oído hablar de una mujer que se llamaba Bárbara. Esta era conocida por su pastel de ruibarbo más allá de la frontera de su pueblo. Por eso en todas partes solo la llamaban Bárbara Ruibarbo. Bárbara Ruibarbo vendía pastel de ruibarbo en su bar Bárbara Ruibarbo. De allí entraban y salían tres bárbaros. Como es normal en los bárbaros, los bárbaros del bar de Bárbara Ruibarbo tenían unas barbas larguísimas y espesas. Los bárbaros del bar de Bárbara Ruibarbo fueron al barbero para cortarse sus barbas de bárbaros del bar de Bárbara Ruibarbo. Además al barbero de las barbas de los bárbaros del bar de Bárbara Ruibarbo también le gustaban mucho los pasteles de ruibarbo de Bárbara. Por eso el barbero de las barbas de los bárbaros del bar de Bárbara Ruibarbo y los bárbaros del bar de Bárbara Ruibarbo solían encontrarse en el bar de Bárbara.
 

 

jueves, 30 de agosto de 2012

Qué hay mejor que el desamor...un poema de Mascha Kaléko

Y también un baño en aguas saladas, con o sin dama de compañía. (Pintura de Félix Vallotton)




Das berühmte Gefühl

Als ich zum ersten Male starb,
ich weiß noch, wie es war.
Ich starb so ganz für mich und still,
Das war zu Hamburg, im April,
Und ich war achtzehn Jahr.

Und als ich starb zum zweiten Mal,
Das Sterben tat so weh.
Gar wenig hinterließ ich dir:
Mein klopfend Herz vor deiner Tür,
Die Fußspur rot im Schnee.

Doch als ich starb zum dritten Mal,
Da schmerzte es nicht sehr.
So altvertraut wie Bett und Brot
Und Kleid und Schuh war mir der Tod.
Nun sterbe ich nicht mehr.


La sensación conocida

Aún sé cómo fue
la primera vez que morí.
Morí aislada y en silencio,
fue en Hamburgo, en abril,
con dieciocho años sobre mí.

¡Y la muerte dolió tanto
al morir por segunda vez...!
Muy poco te dejé:
en tu puerta, mi corazón latiendo,
en la nieve, una roja huella del pie.

Pero al morir por tercera vez
el dolor menor fue.
Tan conocida me era la muerte
como el dormir y el comer, el vestirse y el calzarse.
Ya no me quedan muertes por padecer.


(Traducción de María González de León)

miércoles, 29 de agosto de 2012

Alunizaje en la tierra

Hace poco me topé con este relato de una berlinesa, Christa Reinig, que me viene como anillo al dedo ahora que la luna se ha vuelto a poner de moda. ¡Y mira que la teníamos abandonada desde que nos empeñamos en hacer de Marte nuestra segunda residencia!
Aunque dudo de la veracidad de la famosa foto de Neil Armstrong en la luna, sí que creo en esta historia de unos peces astronautas que quieren llegar a la tierra. Y viendo el estado del mar de algunas playas, no me extraña. 

(La traducción corre a mi cargo, mea culpa).


¿Armstrong y Aldrin en la luna?

Peces

Un pez mordió un anzuelo. 
—¿Qué haces revoloteando así de nervioso?—le preguntaron los otros peces.
—No estoy revoloteando nerviosamente —dijo el pez mordiendo la caña de pescar—, soy cosmonauta y entreno en la cámara de lanzamientos. 
—Eso no te lo crees ni tú—dijeron los otros peces y vieron lo que pasaba a continuación. El pez que mordía la caña de pescar se irguió y salió del agua volando en círculos hacia arriba. Los peces dijeron: “Ha abandonado nuestra atmósfera y se ha lanzado hacia el espacio. Ya veremos qué cuenta cuando regrese”. El pez nunca volvió. Los peces dijeron: “Entonces sí tenían razón los antepasados cuando decían que lo que hay allí arriba es más bonito que lo que hay aquí abajo." Los cosmonautas estaban en fila y esperaban a que llegara su turno. Un pescador de caña solitario estaba sentado en la orilla y lloraba. Uno de los cosmonautas le dirigió la palabra y le preguntó: 
—Ay, gran pez, ¿por qué lloras, has pensado también que lo que hay aquí arriba es más bonito?
—No lloro por eso —dijo el pescador de caña—, lloro porque no puedo contarle a nadie lo que ha ocurrido hoy aquí. Cuarenta y ocho en una hora y ningún testigo en toda la zona.

sábado, 11 de agosto de 2012

¿Hablar por hablar?

Que no todo en la vida real acaba como en las películas ya lo sabemos. Que un beso, una mirada cómplice, un simple apretón de manos o una palmadita en la espalda no bastan para solucionar los problemas pertenece a la sabiduría popular. Por eso ejercitar la palabra sea la mejor arma para que se den los mejores finales felices de nuestra historia — o los peores, si es que queremos darle un poco de caña al guión de nuestras vidas.

Aquí os dejo mi traducción del relato corto Happy End, del suizo Kurt Marti, un alegato al arte de afilar ese arma también en época estival.



                                               El beso fatídico de Lo que el viento se llevó




Se abrazan y todo vuelve a la normalidad. La palabra FIN parpadea por encima de su beso. El cine ha concluido. Él se arrastra hacia la salida completamente furioso, su mujer se queda desorientada en medio del gentío, muy por detrás de él. Él sale a la calle, pero no se queda parado y se pone a andar sin esperarla, anda lleno de furia y la noche es oscura.

Ella le alcanza jadeando, con pequeños pasos desesperados, él anda y ella le vuelve a alcanzar y jadea. Una vergüenza, dice él mientras camina, es una verdadera vergüenza cómo has lloriqueado. Solo me pregunto por qué, dice él. Ella jadea. Odio esos lloriqueos, dice él, los odio. Ella sigue jadeando. Él camina callado y lleno de rabia, vaya una idiota, piensa él, y mira cómo está jadeando en su gordura. No puedo hacer nada para evitarlo, dice ella finalmente, sinceramente no puedo, ha sido tan bonito y cuando es bonito no me queda más remedio que llorar. Bonita, dice él, esa porquería miserable, a esos aullidos de amor llamas bonitos, desde luego que ya no hay nada que hacer contigo. Ella calla y anda y jadea. Vaya impertinente, piensa ella, vaya impertinente.

viernes, 13 de julio de 2012

La indiferencia

¿Qué es la indiferencia? La veo todos los días en el metro, me saluda en la calle, incluso se digna a despedirse de mí al acabar la jornada de trabajo. ¿Qué mueve a la gente a esa impasibilidad? ¿Cómo es que no tenemos fuerzas para no mostrar afecto? Ah sí, olvidaba que somos humanos, que a veces bajamos la guardia y olvidamos unas normas de cortesía cuya reputación es cada día más cuestionada.

La indiferencia se viste y pasea por la ciudad, entra en un café o en la oficina y embriaga el ambiente. No nos deja pensar, por eso no reaccionamos. Por eso nos volvemos como ella, impasible. 

Los hombres es un relato corto de Peter Bichsel, escritor suizo del que ya publiqué una entrada. Bichsel tiene una mirada para ese desasosiego que nos da alas de seguridad, pero que también causa miedo.


Fotografía de Ugo Mulas
                                  

Ella se sentaba allí. Si alguien le hubiera preguntado desde cuándo lo hacía, hubiera respondido: «Siempre, siempre estoy sentada allí».
Ella esperaba aquí, a veces a una amiga, otras a una compañera de trabajo, al tren, a la tarde. El camarero esbozaba una sonrisa de confidencialidad al traer el café. Ella tenía un monedero rojo que era tan suyo, como solo los monederos pueden serlo a las mujeres jóvenes. También ocurría que alguien le pagaba el café, pero luego venía la amiga o el acompañante y le daba las gracias.
Hoy le habían dicho en la oficina que era amable, el jefe lo había dicho, ella jugaba con el monedero.
Decían que las mujeres bonitas no deberían esperar. También pensaban que era joven. Deseaban que fuera un poco depravada.
Veían que tragaba las caladas de humo del cigarrillo. Sabían que una amiga se lo había enseñado.
A las seis y media sale el tren. Veía cómo se desabotonaba el abrigo estrecho, cómo se lo quitaba, cómo se iba desplumando.
Cómo después se lo volvía a poner, cómo se arrebujaba en él, cómo se levantaba por encima de la cadera.
Ella tiene una boca grande.
Ella tiene un pelo bonito.
Ella es pequeña y delicada.
Conocían su voz: «Un café, por favor ─ Gracias ─ Adiós». Una voz suave.
Ojos de corza.
Le podrían haber preguntado.
El camarero preguntó: « ¿Qué desea?»
Es una niña pequeña, una cosita, una muñequita, una mariposa, pensaban también.
Sí que le podrían haber preguntado...
Ella tiene una mano grácil.
Ella espera aquí, a veces a una amiga, otras a una compañera de trabajo, a un tren, a la tarde.
Es una niña.
Si le preguntan, es ya una mujer.



miércoles, 13 de junio de 2012

Homo faber: el mundo en mis manos


„Allein sein zu müssen ist das schwerste, allein sein zu können das schönste.“

Hans Krailsheimer

Tener que estar solo es lo más difícil, poder estar solo es lo más bello.



Leer el Homo faber de Max Frisch es leerse a uno mismo, leer a la sociedad contemporánea. Vive hoy y vive como tú quieras, ¿qué más da? Lo único que es cierto es el instante que tenemos, la seguridad de notar cómo este va mudando de piel para pasar a ser pasado mientras vamos degustando las siguientes porciones de tiempo.
Y si solo disponemos de instantes breves y fugaces ¿qué es eso del compartir sin más? ¿Cómo se pudo siquiera hablar de filantropía? No nos dejemos engañar: mientras cuentas los instantes y planificas lo efímero, la única acompagnante posible es la soledad.
Quizás por eso sea vital conocer sus caras. Y, como a Walter Faber, puede que se nos antoje más de una vez coquetear con ella, aunque las consecuencias acaben siendo fatales.
Como siempre, mi traducción:  


Edward Hopper, Coche de asientos

Dejé de hablar, pese a que el señor Lewis, creo, no entendía ni palabra;  tomó enseguida la copa con la mano cuando quise llenársela, y sacó a bailar a Sabeth, a quien yo le parecía un cínico...Yo no soy cínico. Solo soy aquello que las mujeres no soportan, alguien completamente realista. No soy ningún desalmado, como sostenía Ivy, y no tengo palabras contra el matrimonio; la mayoría de veces son las mujeres quienes dicen que no sirvo para ello.  No puedo ser sensible todo el tiempo. El estar solo es el único estado posible para mí, ya que no estoy en aras de hacer infeliz a una mujer, y las mujeres tienden a ser infelices. Lo reconozco: estar solo no siempre es divertido, no siempre se está preparado. Por lo demás sé por experiencia que en cuanto nosotros mismos no estamos preparados las mujeres también dejan de estarlo; en cuanto se aburren llegan los reproches de que no tenemos sentimientos. Para eso, hablando con franqueza, prefiero aburrirme solo. Lo reconozco: no siempre tengo ganas de ver la televisión (pese a que estoy convencido de que la televisión será aún mejor en los próximos años, dicho sea de paso), ni de estar a merced de los estados de ánimo, pero es precisamente en esos momentos cuando acogo con satisfacción mi soledad. Entre los minutos más felices que conozco se encuentra el minuto en el que abandono una reunión, cuando me siento en mi coche, cierro las puertas y meto la llavecita, pongo la radio, me enciendo un cigarrillo con el  encendedor, luego pongo el pie en el acelerador; para mí las personas son un martirio, también los hombres. En cuanto al estado de ánimo, como he dicho antes, tampoco me importa un comino.  A veces uno se enternece, pero acaba por volver a dominarse. ¡Síntomas de fatiga! He llegado a la conclusión de que, como ocurre con el acero, los sentimientos son síntomas de fatiga, nada más, por lo menos en lo que a mí se refiere. ¡Nos fatigamos! Entonces tampoco sirve escribir cartas para no estar solo. No cambia nada; después solo escuchamos nuestras propias pisadas en el piso vacío. Peor aún son esos locutores de radio que recomiendan comida para perros, levadura en polvo o yo que sé qué más, entonces enmudecen de repente: Hasta mañana temprano! Y eso que no son más que las dos de la mañana. Luego ginebra, pese a que a mí la ginebra, así lo digo, no me gusta; a esto hay que añadir las voces que llegan de la calle, los bocinazos o los retumbes del metro; de vez en cuando los retumbes de los aviones, da igual. A veces pasa que en esos momentos simplemente me quedo dormido, el periódico sobre la rodilla, el cigarrillo encima de la alfombra. Hago un esfuerzo. ¿Para qué? Dondequiera que sea sigue habiendo una emisora de madrugada con sinfonías; la apago. ¿Y luego? Después simple y llanamente me quedo ahí, la ginebra que no me gusta en la mano, y bebo; no me muevo para no escuchar ningún paso en mi piso, pasos que solo son los míos. Nada es trágico, sino laborioso: uno no puede darse a sí mismo las buenas noches. ¿Es esto razón para casarse?

domingo, 20 de mayo de 2012

Apágame los ojos: puedo verte




En las horas frías de una tarde de domingo, mientras fuera el cielo ruge y dentro los acordes del piano y el maullido del violín del Broadway Hotel de aquel famoso álbum de Al Stewart resuenan en las paredes, redescubro el cerrar los ojos. Me doy al sentido que perdió Beethoven y revivo de nuevo las líneas del hermoso poema de Raine Marie Rilke. Poeta que viajó por el centro y sur de esta tierra nuestra, que pasó por Toledo, Córdoba y Sevilla hasta descansar en Ronda...que también escribió sobre picaderos y sangre en la plaza sin que sus ojos vieran alguna...El ser puede desprenderse del "humano" y pasar a ser "celestial".

APÁGAME LOS OJOS
Apágame los ojos: puedo verte, 
ciérrame los oídos: puedo escucharte,
y sin pies puedo ir hacia ti,
y aún sin boca puedo implorarte.
Rómpeme los brazos, te tomo
con mi corazón al igual que con mi mano,
detén mi corazón y mi cerebro laterá,
y si echas mi cerebro a las brasas,
te llevaré en la sangre.

LÖSCH MIR DIE AUGEN AUS
Lösch mir die Augen aus: ich kann dich sehn,
wirf mir die Ohren zu: ich kann dich hören,
und ohne Füße kann ich zu dir gehn,
und ohne Mund noch kann ich dich beschwören.
Brich mir die Arme ab, ich fasse dich
mit meinem Herzen wie mit einer Hand,
halt mir das Herz zu, und mein Hirn wird schlagen,
und wirfst du in mein Hirn den Brand,
so werd ich dich auf meinem Blute tragen.